Jugar para aprender no es lo mismo que aprender jugando.

Hola! Hoy quería reflexionar acerca de a qué me refiero al hablar de jugar. ¿Qué es y qué no es jugar? En castellano, jugar es un verbo muy amplio que engloba lo que para los noruegos son dos conceptos, de esto os hablé hace tiempo y quería profundizar en ello, pues creo que es el bache más grande que encontramos en el camino.

Jugar. (Dellat.iocāri).
1. Hacer algo con alegría y con el solo fin de entretenerse o divertirse. 2. Travesear, retozar. 3. Entretenerse, divertirse tomando parte en uno de los juegos sometidos a reglas, medie o no en él interés. Jugar a la pelota, al dominó. 4. Tomar parte en uno de los juegos sometidos a reglas, no para divertirse, sino por vicio o con el solo fin de ganar dinero. 5. Dicho de un jugador: Llevar a cabo un acto propio del juego cada vez que le toca intervenir en él. 6. En ciertos juegos de naipes, entrar (‖ tomar sobre sí el empeño de ganar una apuesta). 7. Tratar algo o a alguien sin la consideración o el respeto que merece. Estás jugando CON tu salud. No juegues CON Rodrigo. (Etcétera)

Como veis, las definiciones de esta palabra llegan a ser tantas y tan distintas que a veces, es facil confundirse.

Cuando hablo de jugar, de que los niños necesitan jugar, de que primera necesidad de la infancia es jugar, de que los peques conocen el mundo a través del juego, me refiero única y exclusivamente a la definición número 1. Ni la 2, ni la 3, ni la 4… Me refiero a:

Jugar. (Dellat.iocāri).
1. Hacer algo con alegría y con el solo fin de entretenerse o divertirse.

No me refiero a jugar a juegos de mesa, a jugar a puzzles, a jugar con X material. No. O sí, si de verdad surge espontáneamente de ellos.

Cuando hablo de jugar me refiero a jugar por jugar, libremente, sin objetivo más allá de divertirse (que en el mundo de los niños, ni siquiera es ese el verdadero objetivo, pues juegan porque es su herramienta de conocer el mundo) Pero para aclararnos en la cabeza del adulto: Jugar con la alegría de jugar por jugar. Aquello que a nuestros ojos probablemente carezca de un sentido claro.

Lo que ahora es una hamaca en un rato será un vestido y en otro momento una manta de picnic.

Al jugar, libremente, jugar por jugar, recordemos, la definición número 1, los niños y niñas están relajados, tranquilos, a su aire, a su ritmo, eligiendo, siendo. SIENDO lo que son. Sin pretensiones, sin expectativas, sin tratar de cumplir con nada. Sin juicios. Sin evaluaciones.

En una actividad de carácter lúdico, un “juego” preparado, ya sea un juego tradicional, un juego de mesa, un juego en grupo… estamos planeando por ellos, diciéndoles lo que deben hacer, cuándo lo deben hacer, y cómo lo han de hacer. Hay un modo correcto de jugar y frecuentemente es obligatorio jugar. El interés de que tenga lugar nace del adulto. O bien quiere asegurarse que el niño o el grupo de niños esté entretenido, o bien quiere que aprenda X concepto. Si bien esto puede ser justificado en ciertas ocasiones (no digo que esto sea malo), esto nunca debería sustituir al juego libre. al juego puro y duro. Al jugar de la primera definición.

Os pondré un ejemplo del mundo adulto. Imagínate una cena con tus amigos de toda la vida, o con tu familia. Con las personas con las que te sientes más cómodo. Estás relajado. En un bar. Tomando algo, disfrutando, haciendo bromas, recordando anécdotas… sin pretensiones. Estás en confianza, disfrutando del momento, aprovechando la compañía. Con risas al recordar los buenos momentos.

Ahora imagínate en una cena, con personas que no has escogido tú. Con las que quizás no te apetece estar, o personas que no sabes si querrían haber ido a cenar contigo libremente. Imagínate que hay alguien externo atento a la situación. Fijándose en qué haces, cómo lo haces, cuándo lo haces. Imagina que además esta persona externa te ha indicado cuándo debes hablar, qué cosas debes decir, qué temas de conversación puedes tener y cuales no, de qué modo debes coger el vaso o el tenedor…

¿En cuál de las cenas te gustaría estar? ¿En cuál vas a disfrutar? ¿De cuál vas a tener mejores recuerdos? y, sobre todo, ¿en cuál vas a poner más interés en saber qué cuentan los otros comensales? ¿En cuál vas a prestar atención, vas a estar verdaderamente presente?

Los niños y niñas, cuando juegan, en el sentido puro de jugar, el primero de la definición, están presentes al 100%. Son ellos. Es su momento. Están haciendo justo lo que desean, como lo desean, lo que les interesa, lo que les intriga. Y en su cabeza están ocurriendo millones de conexiones al mismo tiempo. Jugar es la única actividad verdaderamente globalizada que podemos planear. Y esto es duro. Cuando descubrí esto me pregunté cuál era mi misión como maestra. Pues no era lo que me habían vendido en magisterio. Me dí cuenta de que planificar actividades, planear cómo voy a enseñar X conceptos a los niños y niñas, no era mi función. Me dí cuenta de que no me necesitaban. Y me sentí una mala maestra. Sentí que mi trabajo no tenía sentido. Y entonces, un maestro, me dijo “Tu misión es hacer que esto ocurra”.

Jugar permite un espacio individualizado. Un entorno en el que aparentemente puede haber caos, quizá para una mentalidad adulta hay un descontrol y una pérdida de tiempo. Sin embargo, en la cabeza de cada uno de los niños y niñas que están jugando está ocurriendo la magia.

Uno estará aprendiendo que el suelo es duro al chocar contra él. Otra estará aprendiendo de qué manera puede saltar más alto. Otro estará imitando a su padre alimentando a su bebé y estará aprendiendo a ser padre. Quizá uno ha aprendido que las cosas redondas pueden rodar muy rápido, mientras las cuadradas no lo hacen. Además otro estará repartiendo los vasos en la mesa y aprendiendo a contar. Otra estará clasificando las piezas de lego por colores, o por tamaños. Mientras otro prefiere construir la torre más alta del mundo. Hasta que se le cae. “¡Uf! Se ha caído sobre otro niño. Mis actos pueden afectar al resto… Ahora hay que ver que hago… ¿Le ignoro? ¿Le ayudo? ¿Le abrazo?”

Jugar, para un niño, es vivir. Y sólo viviendo aprenderá. Cualquier otra cosa, satisfará el interés adulto, la necesidad adulto, y el deseo adulto. El deseo de ofrecer lo mejor al pequeño, sea tu hijo, tu alumna, tu nieto, o tu sobrina. Pues no se puede negar que el deseo siempre es ofrecer lo mejor al niño o niña. ¿Pero, de verdad eso que ofrecemos es lo mejor? ¿Lo mejor para quien?

Un abrazo desde aquí arriba!
Miriam


¿Quieres más? Pues te invito a escuchar el episodio 01 del podcast, en el que me extiendo y reflexiono más sobre este tema!


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